Esta pandemia educa, del peor modo, sobre las fallas del sistema de decisiones que nos rige y los objetivos que se han perseguido. La fuga hacia la mano visible del Estado que se notó en la crisis de 2008 y se repite ahora, en grado superior, lo constata.

Hasta las pesadillas proveen una didáctica. La pandemia de coronavirus que arrasa el mundo, educa del peor modo sobre las fallas del sistema de decisiones que nos rige y los objetivos que se han perseguido. Especialmente, desnuda la fragilidad del esquema sobre el cual se deposita y que se creía inmutable. No hablamos de errores involuntarios, por cierto, sino de una estrategia a la que la realidad pone límites.

Esta peste ha detenido de un golpe seco a la globalización, una construcción que en muchos aspectos es irreversible. Las cadenas de producción son trasnacionales, la economía es vertical y horizontal y ya no regresará integrada a los espacios nacionales como en el siglo pasado. De ahí que el tsunami de esta enfermedad estrangula las economías de todo el planeta.

Esas angustias revelan un fenómeno interesante y es el regreso a la demanda de la función estatal, tanto para fortalecer los debilitados sistemas de salud pública como a la urgencia para que el erario público sostenga a la estructura privada, financiera, e industrial. Algo de esto ya vimos en la gran crisis que estalló el 15 de setiembre de 2008 con la quiebra del banco Lehman Brothers.

Ese desastre, primero financiero y luego económico cuyas consecuencias aún no han cesado, se esparció por el mundo a enorme velocidad. Su profundidad y capacidad transformadora fue tal que configuró el inicio real del siglo que transitamos. Así como la Primera Guerra Mundial lo fue de la centuria anterior y mucho antes la Revolución Francesa en 1789 del siglo largo que culminó en 1914. Esta columna ha marcado ya antes estos conceptos porque sirven como espejo para al menos intuir el futuro. Es importante porque el desastre que esta originando el coronavirus, con una destrucción notoria de riqueza en el norte mundial, promete tener un calado aun superior a lo que fue aquella crisis de hace doce años.

Al igual que entonces, los estados naciones están disponiendo inyecciones urgentes de liquidez en el sistema a niveles que desbordan las marcas previas. Este mes, después de que la Reserva Federal (FED) de EE.UU. bajó por primera vez las tasas fuera de calendario, un 0,5%, autorizó una infusión de poco más de 700 mil millones de dólares al sistema financiero, reanimando las políticas heterodoxas de Quantitative Easing que en su momento pusieron en marcha primero el agónico gobierno de George Bush y luego el recién llegado de Barack Obama. La urgencia hoy es tal que la FED poco después de esa novedad, la amplió con otro billón y medio de dólares (millones de millones). Esa cifra es el doble, justamente, de la asistencia dispuesta en el pico del estallido del 2008.

Hace pocas horas, el presidente Donald Trump y su ministro de Economía, Steven Mnuchin, anunciaron que preparan un inmenso paquete de un billón de dólares de asistencia directa a las empresas. Una parte de unos 200 mil millones de dólares de esa inmensa suma, se distribuirá en cheques de mil o dos mil dólares directamente entre la gente. Como se ve, no es solo la enfermedad, sino las elecciones de noviembre y su esperanza reelectoral, lo que le quita el sueño al mandatario.

La segunda economía del mundo, tomada como cuerpo unificado, la Unión Europea, ha seguido esos pasos. Los países de la comunidad más afectados han anunciando una ruptura masiva del techo de responsabilidad fiscal que apretaba el cinturón del gasto público. Bruselas dio luz verde ayer, a sabiendas de que se juega la supervivencia de la UE. España, Alemania e Italia han dispuesto inyecciones de capital del orden del 15% y hasta el 25% de su PBI, sumas que se convertirán por supuesto en deuda futura. Solo como referencia, en Argentina, nación de la periferia con las limitaciones que eso significa, el Gobierno razonablemente liberó el 2% del PBI.

En esta carrera de auxilios al sistema de acumulación, el ejecutivo europeo se propone movilizar más de 2,5 billones de euros, 21% del producto de la comunidad, de los cuales, un billón llegará desde los gobiernos. Resta la emisión de un eurobono, garantizado por todos los países miembros, una alternativa que Alemania por ahora bloquea. Pero el problema esta en la perspectiva. Cálculos de la banca privada adelantan que EE.UU. se contraerá -14% en el segundo trimestre, Europa -22% y China nada menos que -30%. El mundo no esta preparado para esos número por lo que se hizo o se dejó de hacer antes.

El “austericidio” al que suele aludir ex presidente español Felipe González, tiene su partida de nacimiento en Berlin y en la cultura de ajuste que se afianzó después de la crisis de 2008. El regreso en manada a la mano visible del Estado que disparó aquel tsunami, como parece suceder ahora, convirtió a todos, de un momento al otro, en socialdemócratas. Ese proceso exponía los costos de haber abandonado las enseñanzas de otras tragedias igual de brutales aunque de distinta naturaleza, como las dos grandes guerras del siglo pasado.

Después de la segunda conflagración, el mundo construyó un sistema estatal de contención que implicaba una racionalidad en el uso de los presupuestos para evitar que las tensiones sociales reprodujeran los cataclismos previos. Eso fue Bretton Woods y eso fue el concepto de Welfare, que relevaba al de Warfare; bienestar, no más destino de guerra. Jean Monet, uno de los grandes padres fundadores de la comunidad europea, en sus Memorias, señalaba que “nuestro enfoque partía de creaciones limitadas que instituyeran solidaridades de hecho cuyo desarrollo progresivo llevaría más adelante a la federación”. Solidaridad para una visión cosmopolita.

Los efectos de la crisis de 2008, no agregaron sabiduría. Más bien acentuaron la miopía acabalgada en un concepto que financistas y especuladores, como George Soros, han definido como codicia corporativa. El ingreso se concentró a niveles nunca antes vistos, amontonando fuera del ciclo de distribución a enormes sectores de las poblaciones nacionales. El sistema de acumulación avanzó sobre capítulos enteros de los presupuestos estatales y se redujeron beneficios sociales básicos, como los sanitarios, educación y laborales. Es importante insistir en la noción de que esas contradicciones fueron el crisol del cual surgieron los actuales extremismos nacionalistas europeos, el Brexit y el fenómeno de la irrupción de Trump en EE.UU. La furia contra el sistema compra los slogans sin leer la letra pequeña. El mundo quedó en mano de una turba de adolescentes intoxicados con su propia imagen. Un regalo hoy para la peste.

La asistencia de ahora es bienvenida. Pero esta lluvia de dinero no servirá para reactivar las economías, con más consumo y producción. Con el mundo paralizado, esa carrera por ahora la gana la pandemia. La asistencia fiscal sirve para aliviar los costos del abismo y generar un piso para cuando la pesadilla culmine. El tema, como señalamos más arriba, es que estos fondos de asistencia se suman a una bola de deuda que no ha hecho más que crecer desde 2009. Las deudas corporativas, fuera del sistema bancario, pasaron desde 48 billones de dólares ese año a 75 billones hoy, más que tres veces el PBI anual de EE.UU, según el Intitute of International Finance. Y es solo una parte de rojos que no han dejado de expandirse. Las deudas, como es sabido, como ha sido siempre, se solventan con actividad económica. Si el parate actual se prolonga, como sucedió hace doce años con el quiebre de la Europa del sur entre otros espacios, esa deuda devendrá en una bomba de relojería en el corazón del sistema.

De lado social, se descuenta un aluvión de cifras de desempleo, por el colapso de las pequeñas y medianas industrias. El ministro Mnuchin calculó que en su país la desocupación podría trepar a 20%, un rayo de tormenta para Trump que ha hecho campaña cargando en su activo el crecimiento del empleo y los números expansivos de la plaza bursátil. El coronavirus, como ha señalado antes esta columna, persiste en votar anticipadamente en las elecciones de noviembre y tal vez ya este dibujando un resultado. La negligencia del presidente para anticiparse al desastre de la enfermedad, o la búsqueda del camino fácil de distribuir culpas, son lastres que pueden ser determinantes en las urnas. No hay que olvidar que la gran pesadilla de 2008, para seguir con las comparaciones necesarias, fue el partero de la victoria de Barack Obama. Veremos lo que factura ahora la historia.

FUENTE: CLARIN MUNDO

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