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Dicen que todas las personas que se cruzan en nuestro camino lo hacen por una razón en especial; unos nos enseñarán algo, otros aprenderán de nosotros y otros simplemente nos acompañarán algunos pasos o marcarán sus propias huellas en nuestro andar y es justo de esto de lo que trata esta historia. Más allá de las ciudades y sus casonas se levantan los cerros, sobre estos serpentean los caminos abiertos por aquellos que cortaron a mano y con machete el monte. El camino de esta historia carece de tezontle, está rodeado por sahuaros, piedras y nopales tan altos que pareciera que sus espinas pincharán las nubes del cielo.

Rómulo caminaba por allí con la hoz colgada de su cadera, era un hombre delgado pero de cuerpo corrioso y fuerte por el trabajo de campo, su piel estaba curtida por el sol y la tierra. Entrecerraba los ojos para poder ver bien el camino, ya que el sol comenzaba a pegarle de frente en la cara; Rómulo había dedicado su vida entera a sembrar y cosechar, sus pies estaban acostumbrados a la caricia dura del huizache y la piedra y sus manos a las grietas. A simple vista parecía un hombre duro, no era de fácil sonrisa pero la alegría en su interior era tan profunda como las raíces del maíz. Rómulo regresaba a casa después de la jornada en la milpa; su estómago gruñía por el hambre, anhelaba entrar por la puerta de su hogar y llevarse a la boca la primera cucharada de caldo de res que su mujer le había preparado, quería tomarse un café y jugar con sus hijas hasta que la noche les cayera encima. Rómulo era un hombre sencillo y a pesar de los problemas estaba satisfecho con la vida que había llevado. Él había aprendido todo de su padre, y su padre de su abuelo y en cuanto a Rómulo ya le tocaría el tiempo de enseñarle el trabajo de la tierra a su único hijo, siempre y cuando entrara en cintura y dedicara más tiempo a las lecciones y menos a la cantina. Pensando en su familia aceleró el paso, dio zancadas más largas y sin quererlo provocó una ligera polvareda que el aire se llevó.

Unos metros atrás, el polvo que Rómulo había levantado en su carrera llenó la boca seca de Gregorio, refunfuñó y maldijo por varios minutos hasta que se dio cuenta de que nada de lo que dijera cambiaría el hecho de que su rostro estaba lleno de tierra y que el sudor que caía de su frente solo empeoraba su situación. Sacudió con sus largas manos la tierra de su barba y siguió caminando con la vista fija en los montes altos que le rodeaban. Gregorio no era de esta tierra, venía de otro lugar; uno tan lejano y diferente que parecía más bien un sueño que un recuerdo. Era excepcionalmente alto y a diferencia de la mayoría de los hombres, sus ojos no reflejaban su interior, de ser así las personas evitarían verlo o caerían presas de pánico o terror y las mujeres tratarían de salvar su alma con tanta desesperación que terminarían muertas de cansancio. Gregorio no era un nómada por decisión propia, situaciones ajenas a él habían decidido el curso de su vida y eso era lo que lo tenía siempre tan enojado, él, a pesar de su fuerza y su carácter había sido incapaz de elegir la mayoría de las cosas en su camino – como el polvo en su boca por ejemplo- pero las cosas que había hecho por voluntad propia eran las más terribles pesadillas a las que había tenido que enfrentarse. Las manos de Gregorio llevaban sangre y los fantasmas de su pasado no se cansaban de alcanzarle hasta donde estuviera; Gregorio huía todo el tiempo y en su silencio no había nada más que furia; y fue con ella, con la furia que siguió caminando por aquél camino para llegar con rapidez al lugar en donde escuchó alguna vez que no volvería a ser perseguido por nada ni por nadie nunca más.

Regino se sentó sobre una de las piedras que rodeaban el camino, prendió su cigarro con calma e inhaló el humo con delicadeza – como si se tratara de un arte- dobló cuidadosamente su saco y lo colocó sobre la piedra para después recostarse sobre ella usando el saco como almohada. Regino miraba con atención hacia abajo del camino, vio a esos dos hombres caminar uno tras otro sin poder alcanzarse y sonrió. Para él, todo era un motivo de alegría; muy atrás habían quedado su mal humor y su melancolía. Él solo se fumaba su tristeza por las mañanas, el resto del día lo pasaba bien. Regino era un hombre de mar a pesar de que su piel era del color de la tierra, era un hombre de carácter afable que podía caerle bien tanto a los hacendados como a los peones; en él no ardía nada, por el contrario fluía todo como si su cuerpo fuera el cauce de un río. No le importaba el lugar en donde estuviera y jamás tenía prisa por nada, a Regino solo le importaba observar lo que le rodeaba, como aquél pico que se levantaba tras los montes, el color de la hierba o el herbazal, las nubes que flotaban tan lentamente en el cielo que parecía que les caerían encima en cualquier momento. Regino registraba cada olor, cada color y cada palabra en su mente, él no sabía escribir, mucho menos leer pero ¡que historias era capaz de contar! Regino había dejado a su familia muchos años atrás, se olvidó del platanar, de la tumba de su pequeña hija, del cabello de su mujer y simplemente se puso a caminar y caminó tanto y tan lejos que sus pies le impidieron regresar; para él cada camino era parte de su camino pero nunca le gustó andar sobre sus propios pasos, él sabía que más allá de esta polvareda, del calor agobiante encontraría otro lugar para llegar, otra historia que contar y otro cigarro que prender. Cuando Rómulo le alcanzó le dio las buenas tardes, y pocos minutos después Gregorio pasó furioso frente a la piedra, sin embargo al verlo fumar le pidió un cigarro, Regino sacó su cigarrera mientras se incorporaba de la piedra. Miraba con atención la plasta de tierra y sudor pegada sobre la cara de Regino, le ofreció un poco de agua de su cantimplora y un trapo con el cual pudiera limpiarse, Regino lo hizo y sin decir nada, ni un gracias, ni una sola palabra se alejó por el camino con el cigarro en los labios.

Justo antes de llegar al pueblo, Fulgencio se propuso descansar. Había caminado todo el día y se sentía exhausto; sobre su espalda colgaba el morral lleno de libros y anotaciones que debería usar como maestro de la nueva escuela; a él lo habían mandado de la ciudad para que se encargara de la educación de los niños del pueblo, curiosamente Fulgencio no sentía aprecio alguno por los niños. Era un hombre severo, tal como lo fue su padre, tal como lo era él mismo con sus propios hijos. Para Fulgencio no había margen de error, las cosas eran blancas o negras, nunca en términos medios. Él jamás había mostrado vulnerabilidad y si había algo que agradecía -lo único que agradecía del traslado- es que el camino estuviera desierto y nadie lo viera débil y cansado, como estaba en realidad. Era un hombre viejo, de esos forjados en golpes y tradiciones y eso era lo único que era capaz de enseñar. Para Fulgencio lo único importante era la forma en que lo percibían los demás, incluso él, en lo más profundo de su interior había olvidado su verdadera identidad, pero cuando esta afloraba de vez en cuando Fulgencio la acallaba con la misma tenacidad con la que sometía a quienes se dejaban someter. Él no anhelaba su pasado, pero le gustaba inventar historias sobre él y era justo sobre sus historias y sus mentiras que había basado la mayor parte de su vida.

El sol caía dócil sobre los cerros dejándose acariciar por la hierba verde y la bruma sobre las copas de los árboles y los cuatro hombres habían llegado a sus respectivos destinos. El camino se había llenado de caminantes nocturnos, de coyotes, serpientes y armadillos; la luna llena brillaba impasible sobre lo alto del cielo iluminando las tejas y los techos de paja . El silencio se rompía por los grillos, el tecolote y los aleteos de las polillas que revoloteaban de un lado a otro en aquél pueblo al que le llaman muerte.

 

 

 

Foto: Juan Rulfo.

Texto: Paola Klug / La Pinche Canela

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