El origen del maíz criollo (El Hechizo del Maíz)

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Su nombre era Tajsén y nació en el día más aciago del año, el día donde se abren las puertas y los dos mundos se hacen uno solo, el día en que nacen las brujas. Manixná había nacido con el nuevo sol y estaba destinado a ser un guerrero. Ella se crió en lo más profundo del monte, él lo hizo en las entrañas del pueblo. Ambos crecieron sin saber nada uno del otro pero el destino es inevitable y pasado el tiempo lo que no había tenido que haber pasado sucedió.

Manixná buscaba leña para calentar el hogar de sus padres, Tajsén buscaba chichicaxtle para terminar un encargo y cuando sus miradas se encontraron sobre el sendero de terracería dos estrellas se hicieron añicos en el cielo. Él sintió el ardor de la batalla en el estómago, ella sintió el calor del sol nuevo en el vientre, ellos eran las alas de la misma ave, pero Tajsén estaba prohibida y aunque no podía tocar sus cabellos largos y negros, ni sus senos, ni sus labios Manixná tocó su espíritu y ella tocó el de él. Pasaron las lunas y pasaron los soles y ellos siempre se encontraban en el mismo lugar del sendero a escondidas de los demás diciéndose todo entre silencios.

Cuando la familia del guerrero se enteró, le recriminó a Manixná su proceder; una hija de la luna nacida en la noche del viento y la tormenta no era digna de él. O cambiaba el sendero o sería repudiado por el pueblo y perdería todo aquello por lo que había trabajado. Cuando Tajsén se enteró de lo sucedido por los cuchicheos de las mujeres en la plaza del pueblo consultó su destino en el fuego sagrado:

“Él es el corazón, tú eres el hígado. No pueden estar juntos a menos de que sean arrancados del cuerpo”

Tal era el designio de los dioses crueles. Tajsén se lo hizo saber a Manixná en sueños y ambos coincidieron en no perder lo que habían encontrado. Se verían por última vez debajo de la luna roja a la mitad del camino entre el monte y el pueblo.

Tres noches antes Tajsén destrenzó su cabello y se arrodilló junto al granero. Sacó del guaje los granos de maíz del sol y seleccionó treinta y tres. Los colocó en la olla junto a las hierbas y la ponzoña del reptil hasta hacerlos hervir; los sahumó y los ofreció a los espíritus de la noche a quienes les danzó durante horas.

Cuando el momento llegó Manixná ya esperaba a Tajsén; se miraron profundamente, reconociéndose en las pupilas del otro y se tocaron por primera vez. Ella le preguntó si estaba seguro, él respondió que si. Ella sacó el hechizo del maíz pulverizado de una bolsa que colgaba de su cintura, ambos se arrodillaron; Manixná sacó su mariposa de obsidiana y abrió su mano derecha, tomó a Tajsén y abrió su mano izquierda, la sangre de ambos cayó entre el maíz pulverizado junto a las lágrimas de despedida. Los amantes tomaron el polvo entre sus manos y lo tragaron con aguamiel sellando su destino con un beso amargo.

Tajsén cayó primero, Manixná cerró sus ojos y se abrazó a ella para protegerla hasta que él también dejó de respirar. La luna conmovida por el acto de valentía de aquél par de jóvenes que se atrevieron a desafiar a su pueblo y a los dioses les concedió un favor:

Convirtió a Tajsén en una mazorca de granos rojos y negros: Rojos por la sangre de los amantes y el color de la luna aquella noche y negros por la ponzoña y la noche. A Manixná lo convirtió en las hojas fuertes que cubren a la mazorca ; pero los dioses inconformes y vengativos los maldijeron una vez más: Estarían juntos hasta ser cortados y separados por los hombres – tal como con su vida mortal.

Las abuelas dicen que el maíz criollo se da bien tanto en los montes como en los pueblos debido a que Tajsén y Manixná se encontraron y murieron a la mitad pero crece más alto y fuerte alejado de las personas, ya que el hígado y el corazón tardan más en ser ser arrancados del cuerpo al que pertenecen…

 

Fuente : La Pinche Canela / Paola Klug.

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