ENRIQUE QUINTANA

Uno de los termómetros más importantes de la actividad económica de un país es su sector de la construcción.

Ayer, el Inegi dio a conocer los datos de su encuesta a empresas constructoras y reveló un dato que está para poner los pelos de punta: el valor de la producción de estas empresas llegó en agosto al mínimo desde que realiza esta encuesta, a partir de 2006.

Nunca en la historia reciente, la construcción había atravesado una etapa tan mala.

La encuesta nos permite observar que 61 por ciento de la construcción fue contratada por el sector privado, mientras que el restante 39 por ciento correspondió al sector público.

En los últimos doce meses, la caída total fue de 10.2 por ciento. En el caso de la obra contratada por el sector público, el retroceso fue de 13.7 por ciento, mientras que para el sector privado la reversa fue de 8.3 por ciento.

El retroceso es en todo tipo de construcción, pero la más especializada cayó en 30.8 por ciento.

No es sorpresivo este comportamiento. La construcción es el principal componente de la inversión productiva y si los empresarios mayormente están conteniendo sus inversiones, esto se traduce en la caída drástica de la construcción, es su consecuencia lógica.

Cuando la economía cambia su tendencia, este es uno de los primeros sectores en los que las cifras comienzan a modificarse reflejando el cambio de tendencia en las inversiones.

La última recesión que vivió la economía, en 2008-2009, fue enfrentada con una política anticíclica basada en la inversión pública, que tuvo un crecimiento real de 39.5 por ciento en 2009 y que fue uno de los factores que permitió una recuperación rápida de la actividad económica.

Sea recesión o estancamiento lo que padecemos, lo cierto es que las previsiones presupuestales para 2020 establecen una política completamente diferente en la que se anticipa un descenso adicional de la inversión pública en 5.4 por ciento en términos reales.

El crecimiento de 2020 dependerá casi exclusivamente de lo que haga el sector privado, y hasta ahora, lamentablemente, lo que alcanza a observarse más allá de algunas promesas individuales es una cautela generalizada, que está esperando a tener señales más claras para realizar inversiones.

Espero no aburrirlo con la reiteración, pero a veces no queda otra que señalar una y otra vez lo que tiene que hacerse, porque no hay fórmulas mágicas ni atajos.

Para activar la construcción y la inversión se tienen que emprender acciones que restauren la confianza.

Por ejemplo, hay indicios de que en el Senado se va a parar la reforma para la legalización de los autos ‘chocolate’. Eso es bueno.

Pero se necesita mucho más. Pemex debe dar señales de que va a reemprender sus alianzas estratégicas (farmout) con el sector privado; debe retomar su interlocución con la industria química; se debe convocar a la nueva subasta eléctrica; se deben reemprender las rondas petroleras, ahora para que los empresarios privados entren en aguas profundas.

Debe acelerarse la presentación del Programa de Infraestructura, que definirá un catálogo de obras.

Como ve, no se trata de acciones que sean cosa del otro mundo, sino decisiones que están al alcance para cambiar el estado de ánimo de los inversionistas.

¿Es acaso mucho pedir?

Fuente: EL FINANCIERO

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