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Cuenta la historia que hace muchos años existió una mujer  que tejía en su telar los rebozos más bellos que se han visto en este lugar; sus hilos eran tan coloridos y sus bordados tan hermosos que comenzó a despertar la envidia de las otras mujeres,  ya que por más que intentaban igualar lo que aquella mujer hacía les era imposible lograrlo.

Desesperadas por lo inútil de su labor decidieron confrontar a la mujer, se reunieron en una fría madrugada frente al molino y esperaron a que el primer rayo del sol alumbrara las tejas de barro en los techos para ir a la casa de la inculpada y exigirle su secreto.

Cuando el sol salió de entre las montañas, la legión de mujeres caminó con paso firme por la avenida real, sus huaraches levantaban el polvo del camino, mismo que las envolvía y dejaba boquiabiertos a los hombres que madrugaban para ir a trabajar a las milpas; unos de ellos se persignaron al pensar que estaban siendo testigos de una imagen espectral, otros solo se imaginaban lo peor y apuraban el paso pues sabían que las mujeres enojadas eran cosa peligrosa.

Minutos después se encontraron frente a la puerta de la mujer de los rebozos bonitos. Una de ellas, la más robusta y valiente dio un paso al frente y tocó con seguridad la vieja puerta de madera un par de veces.

Todas pararon la oreja al escuchar un rechinido y después unos pasos ligeros caminando del otro lado hacia la puerta; misma que aquella mujer abrió lentamente. Los rayos de luz ámbar que brotaron del interior de la casa inundaron los ojos de las mujeres cegándolas por unos segundos.

-¿En que les puedo ayudar? -Preguntó la mujer con voz tranquila mientras terminaba de trenzarse el cabello.

Nuevamente la mujer robusta dio un paso al frente y dijo:

-Nosotras tenemos el mismo tiempo que tu haciendo nuestros rebozos, usamos los mismos materiales y tenemos telares parecidos sin embargo es a ti a quien te quedan mejor. Usamos las mismas fibras y los mismos pigmentos pero tus hilos siempre son más brillantes y coloridos y venimos aquí para que nos digas por qué.

-Les diré mi secreto con una condición.

Las mujeres se susurraron unas a otras hasta que los murmullos llegaron a oídos de la valiente.

-¿Cual es la condición?

-Que entren a mi casa como hermanas, no como enemigas. No me interesa competir con ustedes porque lo que hago no es para molestarlas o alegrarlas, es para hacerme feliz a mi.

Las mujeres se sintieron avergonzadas de su proceder y bajaron las miradas, un par de ellas pensaron en retirarse y regresar a sus casas, pero la mujer las detuvo con sus palabras.

-Así  como desde pequeñas nos enseñaron a usar el telar o moler el nixtamal, también nos enseñaron la envidia y el rencor. Podemos seguir poniendo en práctica algunas  de esas enseñanzas, pero otras sería mejor desaprenderlas. Si están de acuerdo con mi condición pasen, mi casa es su casa hermanas.

Las mujeres entraron sin chistar dejando afuera el polvo y todos los sentimientos negativos que las trajeron hacia este portal. La mujer las llevó hasta la parte trasera de su casa, junto a la nopalera y dos árboles de guayabas colgaba una hamaca en donde se mecía un pequeño niño.  Debajo de la hamaca estaba el telar y sobre un petate un par de plumas de águila y una docena de chiquihuites con hilos comunes en su interior.

La mujer les pidió a sus nuevas hermanas se tomaran asiento formando un círculo cerrado alrededor de los guayabos. Cuando el círculo se cerró ella se acercó a su hijo  y lo sostuvo entre sus brazos. Se sentó sobre el petate y puso al pequeño sobre su regazo, mientras ella formaba una madeja de hilos entre sus manos, su hijo comenzó a sonreír de una forma tan bella e inocente que conmovió al resto de las mujeres.

La madre-rebozo tomó una de las plumas de águila y la colocó entre los labios de su pequeño, después abrió uno de los chiquihuites, puso la punta de la pluma adentro y volvió a cerrarlo. Todas las mujeres miraban atentas cada uno de sus movimientos.

La madre-rebozo se puso de pie y volvió a colocar al pequeño en la hamaca y se dispuso a usar el telar. Tomó el chiquihuite adonde minutos antes había colocado la pluma y al sacar el hilo con el que comenzaría a tejer todas las mujeres al unísono dejaron salir un pequeño grito de admiración.  El hilo común y pálido que estaba dentro del chiquihuite se había convertido en uno lleno de luz y de vida- tal como la sonrisa del pequeño niño-

-Mi secreto es el instante – dijo la madre-rebozo.

Cada vez que ríe, que llora, que duerme o que despierta yo tomo una pizca de mi amor por él y una pizca de su amor por mi y las coloco en los chiquihuites. La magia de la gran madre águila hace el resto.

No solo tejo para que a él no le falte nada, también tejo porque  a mi me hace feliz hacerlo. Y cada bordado y cada fibra de estos hilos es parte de la historia que estamos escribiendo juntos. Ahora hermanas, cada una de ustedes pensará en uno de tantos recuerdos que tienen de sus hijos e hijas, de sus padres y madres y comenzará a tejer su propia historia.

****************

Tiempo después, la casa de la Madre-Rebozo se convirtió en el punto de reunión para la hermandad de las mujeres tejedoras de historias, que hasta el día de hoy continúan tejiendo y bordando los recuerdos más profundos de sus corazones y se visten con ellos.

 

 

Fuente: Paola Lkug/La Pinche Canela

 

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