La maldición de las mineras: vivir y morir con el Balsas

Este pueblo pesquero de calles amplias y manzanas bien trazadas que rodean la presa El Caracol se llama Nuevo Balsas, lo que quiere decir que hay un viejo Balsas. O había.El Balsas original, ese que creció conforme la población aumentaba, sin calles ni manzanas pensadas por un urbanista, quedó sumergido a 200 metros del vaso de la presa El Caracol. Los habitantes que aceptaron el cambio, a partir de 1986 viven en Nuevo Balsas, 35 kilómetros al norte del Balsas original, en casas de bloques grises de cemento, con dos o tres recámaras y un pequeño patio. Los que estaban tan arraigados a su tierra original solo remontaron las cumbres 200 metros arriba y ahí formaron El Balsas Sur. Es decir, ahora hay tres Balsas, el sumergido, el que se trepó en la montaña y éste al que se llega por una carretera sinuosa, de nubes de polvo eternas.

En la reubicación por la Comisión Federal de Electricidad (CFE), la que pagó para que trazaran este pueblo de avenidas y manzanas perfectas porque inundaría el pueblo original con las aguas del río Balsas para generar energía, parecía que los habitantes habían salido ganando. Quedaron a las riberas de la presa y aquí ellos continuaron haciendo lo que sabían hacer: pescar y vivir de la pesca.

Pero esta forma de vida está llegando a su fin. Desde hace unos 10 meses, las redes salen con apenas cinco o seis mojarras y el poco pescado que deja las aguas de la presa ya no lo quieren en el mercado.

Dicen que está contaminado.

La pequeña lancha de Héctor Salgado llega a la orilla alrededor de las 11:00 horas, luego de cuatro horas de internarse en la presa para un día más de trabajo. Los encargados de la cooperativa pesquera, dos jóvenes largos y flacos, reciben su mercancía. La pesan. Son veinte kilos, le dicen, y anotan la cantidad en una libreta manchada de gotas de la sangre que escurre del pescado.

Este jueves, Héctor tuvo un buen día. Lleva tres días trayendo 12 kilos y otras semanas algunas veces ha sacado sólo 6 kilos.

No hace mucho, dice Héctor, por ejemplo este mismo mes del año anterior, Héctor salía de la presa a esta hora, a veces más temprano, con 80 o cien kilos. Eran buenos tiempos.

En la cooperativa pesquera a la que Héctor lleva su pescado, los que lo esperan lleva cada quien una pistola fajada al cinto. Y no hacen nada por ocultar que están bien armados, al contrario, hacen esfuerzos porque siempre se note la fusca en el pantalón.

Hasta el próximo sábado, luego de seis días de pesca, Héctor recibirá el pago por el trabajo de su semana, 12 pesos por cada kilo puesto en la cooperativa, por cómo le ha ido de pesca en la semana podrían ser alrededor de 90 kilos, lo que equivale a  1,080 pesos, cuando hasta hace un año, esos mil era lo que recibía por un solo día.

La cooperativa pesquera de El Chino, una enramada cubierta con una lona y varios contenedores con hielo para meter ahí el pescado, es manejada por hombres armados, que responden sólo con evasivas. Es un ambiente raro. El olor del pescado se mezcla con una sensación de miedo. Se recorren otras cooperativas. La situación es la misma. Los hombres andan armados, como listos para echar bala en cualquier rato. Es demasiada tensión para una actividad como la pesca. En un sitio donde se mercan drogas o productos robados, se entendería. Pero aquí sólo hay mojarras y bagres dando el último suspiro.A cuatro kilómetros en línea recta a Nuevo Balsas, hay una punta de un cerro cercenado. De ese cerro se desprende una nube de polvo fino que cae sobre las casas y las plantas de este pueblo pesquero. Ese cerro es la mina de oro Los Guajes-El Limón, de la compañía trasnacional Torex Gold, que en México opera con el nombre de Media Luna.

Cuando esa compañía llegó en 2007, los habitantes de Nuevo Balsas se morían de aburrimiento en su pueblo tipo lego, rodeado de las aguas estáticas de la presa.

Gente nueva. Ruidos nuevos. Por fin las calles amplias tenían uso.  Un gran número de jóvenes se fueron a trabajar con la Torex Gold, combinando la pesca y un empleo semanal remunerado. En Carrizalillo, un ejido del municipio de Eduardo Neri, los habitantes luchaban con el gigante trasnacional de la extracción de oro, Goldcorp, pero en Nuevo Balsas por fin tenían actividades diferentes a la pesca y extranjeros que consumían, que compraban y que rentaban sus casas, por lo que les importó poco lo que pasaba en Carrizalillo. Aquí, la gente se sentían parte del proyecto, hasta podría decirse que orgullosos de la importancia que como pueblo ahora tenían.

En diciembre de 2015 terminó la etapa de construcción de la mina y se fue la gente que había envuelto en un ritmo diferente la vida en Nuevo Balsas. Las calles se vaciaron. Las casas se desocuparon. Otra vez solos. Entonces se dieron cuenta del polvo que bajaba de los Guajes y del estremecimiento de la tierra ante cada detonación. Los habitantes que habían encontrado empleo fueron despedidos, y regresaron a su actividad de antes: la pesca, pero ahora ya no era igual, ya no salían las redes cargadas de peces. Muchas otras cosas habían cambiado junto con la pesca, entre ellas, la tranquilidad y seguridad que antes había en las calles. Ahora tenían que cuidarse de la incursión de grupos armados, que iban a cobrar cuota, ante la idea de que en Nuevo Balsas había dinero por la mina de oro.

Carmen y Toño son una pareja de pescadores y padres de cuatro hijos que apenas pescan unos seis kilos de mojarra al día. Pero además de la dramática disminución, antes traían 50 o 60 kilos en una mañana, la mojarra ya no aguanta viva y tampoco dura en buen estado en hielo.

Carmen dice que ahora pronto se descompone, por lo que tan pronto como la extraen del agua la tienen que meter en hielo. Antes, dice, se internaban en la presa en su lancha de remos –ellos no tienen lancha de motor no pueden irse muy lejos de pesca y por eso su producción es mucho menor—y cuando regresaban la mojarra aún estaba viva, por lo que no tenían que meterla al hielo, podía aguantar hasta 24 horas en buen estado.

Angela Salgado no pesca, ella algunas veces para completar el gasto familiar,  compra el pescado y sale a venderlo a Cocula o a Iguala. Sale con la producción de ese día. Es una carrera contra el tiempo. Si no lo vende pronto, en las tres o cuatro horas siguientes, sólo serán perdidas, bien lo sabe.

Luego de cinco o seis horas, el pescado comienza a adquirir un color blanquecino y se pone agüado, como si su carne fuera plastilina, si hace presión fuerte contra la carne, ésta se deshace.

Doña Angela aprendió pronto algo fundamental en su actividad. Si le preguntan de dónde es el pescado, dice cualquier sitio menos Nuevo Balsas. En el mercado de estos productos corre una versión imparable, el pescado de Nuevo Balsas está contaminado. El color, el sabor y la durabilidad han cambiado.

Era un domingo de diciembre cuando escuchó que algo había pasado en los tanques de lixiviación, 10 moles de 80 mil litros cada uno de solución cianurada, en la que se separa el oro del resto de materiales.A diferencia del proceso de lixiviación con el que trabaja Goldcorp en Carrizalillo, en una pileta al aire libre, la Torex Gold en Nuevo Balsas lleva a cabo este proceso en tanques tapados, sin embargo, ahí ocurrió un accidente que podría ser la causa de la disminución de la pesca.

El trabajador de la Torex Gold fue a checar lo que estaba pasando en los tanques de lixiviación, montados en una cumbre del cerro El Limón. Vio que de uno de los tanques caía un líquido igual de transparente como el agua, pero sabía que lo que se estaba derramando era cianuro. Todos los trabajadores lo supieron, pero la mayoría no tienen familiaridad con las sustancias tóxicas y sus efectos.

El trabajador de la Torerx Gold, cuya integridad está en juego si se revelara su nombre, asegura que de ese tanque se derramaron aproximadamente 5 mil litros de solución cianurada, los que ocasionaron que inmediatamente el metal del tanque de lixiviación se pusiera rojizo, como enmohecido.

La Torex Gold no comunicó nada sobre la gravedad del derrame, lo único que hizo fue tapar el accidente. Mandó pintar el tanque del mismo tono azul que había perdido y hechó sobre el lugar del derrame varias toneladas de tierra. Entre el cerro El Limón y el cauce del río Balsas hay cuatro kilómetros de distancia en línea recta. Esas aguas se estancan en la presa. En el sitio de pesca de unos 10 pueblos ribereños.

El movimiento que llegó a Nuevo Balsas con los cientos de trabajadores que contrató la Torex Gold, las 2.5 onzas de oro que la empresa comenzó a pagar a los ejidatarios por la renta de sus tierras,  atrajo ambiciones y grupos del crimen organizado.

La gente ahora no es capaz de recordar como comenzaron a envolverse en este clima de violencia, que no les permite salir del pueblo sin miedo a ser secuestrados en el camino, o vivir sin estar temiendo la incursión de un grupo armado que llegue a reclamar lo que creen eran sus territorios.

Toda actividad ahora está controlada por el crimen organizado. La pesca, el empleo en la mina, el traslado de trabajadores, el empleo de los trabajadores.

Para el 2011, el pueblo estaba controlado por la familia michoacana, grupo que cooptó a  Uriel Vences Delgado, originario de ese mismo pueblo, quien como la totalidad de la gente de Nuevo Balsas se dedicaba a la pesca.

La Burra o El 50, como era conocido el jefe de plaza, resultó ser un criminal sanguinario que no tuvo reparos, no sólo en exigir pago de cuotas a la gente que lo vio crecer,  a los pescadores cuotas por kilos de pescado extraídos de la presa, a los trabajadores de la mina un porcentaje de su salario semanal, a los subcontratistas por dejarlos prestar sus servicios, sino que secuestró a quienes sabía podían pagar los millones que exigía. Y a quienes sus familiares no se movían para reunir las cantidades que pedía, los asesinó.

Desde 2011, la violencia en Nuevo Balsas desatada por La Burra era cosa cotidiana. A diario, sus habitantes recibían noticias de secuestros, agresiones, violaciones, asesinatos cometidos por el ex pescador. La Burra actuaba entre Nuevo Balsas y Cocula. En ese trayecto, esperaba unidades del servicio público y bajaba a las personas que quería hacer daño. Los que eran liberados contaron que los llevaba caminando entre cerros y los dejaba amarrados arriba, sin agua, sin alimentos.

En diciembre de 2013, los pobladores de Nuevo Balsas, de la Fundición y El Limón,  crearon la policía comunitaria para librarse de La Burra, fueron por él a donde sabían se escondía y lo expulsaron, pero el criminal siguió actuando contra los pobladores.

Una tarde de febrero de 2015 secuestro a 16 personas, a 12 las bajo de la combi del servicio público de la ruta Cocula-Nuevo Balsas, y a seis más se los llevó de las cooperativas pesqueras.

Unos cien policías comunitarios de los tres pueblos armaron el operativo de rescate, pidieron ayuda al Ejército y a la Policía Federal, pero ninguno de los dos acudió en su auxilio. El operativo culminó con éxito. Sólo dos personas de las secuestradas quedaron en poder de La Burra, las que llegaron 22 días después, cuando sus familiares pagaron entre 500 y 700 mil pesos que el criminal exigió.

Cuando La Burra quedó neutralizado llegaron los Guerreros Unidos, el cartel poderoso que nació en Iguala, y al que se señala de actuar conjuntamente con los policías municipales el 26 y 27 de septiembre cuando desaparecieron los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa.

 

Fuente : liberacionguerrero.net

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