1176151_234203176731372_1881413777_n

 

La muerte se lo arrebató de repente , no hubo avisos previos ni un solo mensaje. No cantó el tecolote, ni aulló el perro ni apareció la mariposa en el portal. Simplemente se fue, como se van las aves volando o los peces siguiendo al río.

Ella se había despertado temprano como todas las mañanas y había prendido el fogón. Estaba de rodillas a punto de poner la masa de las tortillas cuando le dieron la noticia. Dos lágrimas cayeron en el comal e hirvieron hasta consumirse entre las grietas. Ella se quedó en silencio con la mirada puesta entre las chispas de vida que brincaban entre los maderos, entre el adobe que sostenía el comal y en la olla de barro tiznado que contenía el agua para el café.

La muerte se lo llevó y no pudieron despedirse; ella ya no pudo ver sus ojos dormidos, ni sus manos largas. No le pudo decir lo siento, ni hasta luego, ni te extrañaré siempre; ella tuvo que besar al viento y acariciar la ceniza entre sus piernas, tuvo que gritar callada y consumir su dolor entre la cal – tal como lo hicieron sus lágrimas-

El ya no estaba. Y a ella solo le quedaba el comal, el fogón, la olla para el café, el adobe quemado y los recuerdos que olvidó llevarse la muerte.

 

Texto: Paola Klug / La Pinche Canela.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *