Los esclavos del narco

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Cientos, tal vez miles de hombres y mujeres fueron obligados a trabajar para el crimen organizado a cambio solo de conservar su vida

 

Apenas se alzaron los grupos de autodefensas, Felipe –junto con otros que trabajaban igual que él en la mina de arena y grava- trató de sumarse al movimiento contra Los Templarios. Estuvo solamente unos días en las barricadas, porque después lo acusaron de ser infiltrado y le dieron la opción de irse.

No lo pensó dos veces y salió con su familia. Hoy vive en el centro del país bajo amenaza de ser ejecutado si regresa.

Los ‘halconcitos’ del cártel

Durante dos años, Ariel fue obligado a trabajar para el narco. Tenía apenas 11 años de edad cuando uno de los jefes de plaza en Apatzingán mató a balazos a su padre. A él le perdonaron la vida porque nada tenía que ver en el pleito.

Ariel recibió “la oportunidad” de trabajar para el cártel a cambio de 50 pesos diarios, pero con la promesa de hacerlo sicario “si demostraba interés en la empresa”.

Durante el tiempo que Ariel estuvo al servicio del crimen organizado, prácticamente vivió secuestrado. Lo arrancaron del seno familiar. Vivía en diversas casas de seguridad entre los municipios Apatzingán, Nueva Italia, la Huacana y Ario de Rosales.

Un adulto estaba a cargo de él y de otros 12 menores que distribuía en la zona para que informaran, vía teléfono celular, sobre la presencia de las fuerzas policiales. Todos vivían en condiciones de esclavitud.

Los “halconcitos”, como fueron bautizados por el Ejército, eran el primer escalón para formar parte de la estructura criminal. A los que alcanzaban la mayoría de edad –los 15 años para el cártel- se les asignaban tareas más allá de la vigilancia de los movimientos policiales. La primera era ejecutar a una persona.

Ariel se vio libre en septiembre del 2013, luego de un enfrentamiento entre la célula criminal que lo mantenía cautivo y un grupo de autodefensas en La Huacana. De sus captores sabe que al menos tres de ellos murieron y cerca de 15 desaparecieron. Él comenzó a esconderse porque algunos Templarios que fueron perdonados –y que se incorporaron a las autodefensas- lo reconocieron como “halconcito”.

El muchacho fue señalado por los grupos de civiles armados de ser colaborador con el cártel de Los Caballeros Templarios y tuvo que salir de la región de Tierra Caliente.

Vive en algún lugar de México, en donde al lado de su madre y cuatro hermanos insiste en rehacer su vida. Se siente culpable de haberse involucrado con el crimen organizado, pero él mismo se consuela al reconocer que no tenía opción.

“Era ser halcón o un número más de los muertos de Michoacán”, dice.

 

A las mujeres, por lo general se les asignaban labores en las actividades agrícolas, en los huertos de limón, mango o aguacate
 “Algunas muchachas, después de todo el día de trabajo eran llevadas a fiestas con los sicarios. Muchas iban con gusto, otras no tanto. Pasaba el encargado de la cuadrilla para decir quiénes se tenían que preparar para la noche. A las más viejas no nos molestaban, ellos buscaban jovencitas de no más de 20 años”
Una vez al día les daban de comer. El pago del salario prometido solo se hacía cuando el trabajador lo solicitaba al encargado de la vigilancia
6 personas fueron asesinadas en promedio por mes entre los años del 2008 al 2011 por negarse al reclutamiento del cártel
15%de los homicidios que se registraron en el estado en ese periodo, representa esa cantidad
50pesos por día para comer les daban ocasionalmente a los ‘reclutados’

Como campos de concentración

Muchos de los huertos de limón, mango y aguacate que se extiende por toda la zona de Tierra Caliente -los que fueron despojados a sus propietarios y trabajados por el cártel de Los Templarios- se convirtieron en verdaderos campos de concentración.

Allí se levantaron improvisadas casas de cartón y madera, a veces de tela con carrizos, para albergar a decenas de personas que fueron llevadas a trabajar a la fuerza.

En cada huerto se extendía una guardia perimetral que vigilaba que los trabajadores mantuvieran un ritmo constante de labores. A nadie se le permitía salir. Si alguien necesitaba de servicios de salud, hasta ese lugar llegaba un médico con algunas curaciones para atender al enfermo.

Una vez al día les daban de comer. El pago del salario prometido solo se hacía cuando el trabajador lo solicitaba al encargado de la vigilancia.

María Luisa, igual que decenas de mujeres, fue esclava en el corte de limón. Cuando los hombres armados que llegaron a su casa supieron que era madre sola, le dieron a elegir: se iba con ellos o se llevaban al hijo de 17 años que estaba por concluir la preparatoria.

El amor de madre se interpuso. Por casi 7 meses estuvo trabajando por un salario de 30 pesos al día.

“Fueron buenos conmigo”, reconoce con algo de gratitud, “nunca me utilizaron para otra cosa que no fuera cortar limón”.

Otras mujeres que compartieron al lado de María Luisa la desgracia de trabajar forzadamente para el cártel en un huerto de limón en Apatzingán no corrieron con la misma suerte.

“Algunas muchachas, después de todo el día de trabajo eran llevadas a fiestas con los sicarios. Muchas iban con gusto, otras no tanto. Pasaba el encargado de la cuadrilla para decir quiénes se tenían que preparar para la noche. A las más viejas no nos molestaban, ellos buscaban jovencitas de no más de 20 años”, cuenta.

El día que María Luisa cumplió sus 48 años fue cuando entraron los grupos de autodefensa a Apatzingán. En el huerto supieron que algo no iba bien para Los Templarios luego de que la guardia que vigilaba el perímetro huyó en desbandada.

“Al poco rato llegaron otros hombres armados para interrogar a los que trabajábamos allí. Nos hicieron varias preguntas. A las mujeres nos dejaron ir. A todos los hombres que encontraron los entregaron al Ejército”, recuerda la mujer.

En su cara pecosa se asoma la alegría de vez en cuando. María Luisa se siente feliz porque no corrió con la suerte de otros esclavos a los que luego de ser liberados se les ha perseguido bajo la acusación de haber colaborado voluntariamente con el crimen organizado.

A Ella, luego de más de diez entrevistas con distintos jefes de las autodefensas, se le otorgó el perdón. Se le permitió quedarse en su casa y continuar su vida en la cotidianidad.

 

 

Fuente: Reporte Indigo

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